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Cómo superar la ansiedad

¿Vives pensando en desgracias que nunca suceden?

¿Las posibles catástrofes del futuro no te dejan vivir el presente?


Si no puedes dejar de darle vueltas a las cosas, sientes que tu futuro es incierto, te preocupas demasiado por todo lo que pueda pasarte o hay determinadas situaciones que te dan miedo y no eres capaz de afrontar, muy probablemente estés experimentando ansiedad. Quizás no puedas dejar de pensar en posibles peligros que te puedan pasar a ti o a tus seres queridos, te lo imaginas y te entran escalofríos o presión en el pecho, aún sabiendo que no es real, pero es algo que te sientes incapaz de controlar o crees que no puedes hacerlo.

Todo esto forma parte de la ansiedad. Si te ha pasado alguna vez, puedo ayudarte.


 

Un ataque de pánico es la aparición brusca y repentina de una gran cantidad de ansiedad en un breve periodo de tiempo. Va acompañado de sensaciones que generan mucho miedo y malestar como taquicardia, sensación de ahogo, presión o pinchazos en el pecho, respiración acelerada, visión borrosa, temblores, sensación de irrealidad, calor, mareo, tensión muscular, entre otras. Estas sensaciones suelen ir acompañadas de temor a morir, perder el control, volverse loco, tener un ataque al corazón o desmayarse. A consecuencia de esto, la persona tenderá a  huir, escapar, buscar ayuda y hacer cualquier cosa que pueda ayudarla  a librarse del “peligro”; ir a urgencias, tomar ansiolíticos, distraerse, permanecer en sitios seguros o conductas que les ayuden a sentirse a salvo. 

Experimentar un ataque de pánico, es algo relativamente común, de hecho gran parte de las personas pueden experimentarlo en algún momento de su vida, de manera puntual. El problema aparece cuando aumentan y el miedo a poder experimentarlos interfiere de manera significativa en la vida de la persona.

El objetivo del tratamiento psicológico será el de aprender a manejar estos ataques de pánico, perdiendo el miedo a que vuelvan a suceder y recuperar la sensación de control y seguridad.


 

La agorafobia se define como el miedo/ansiedad que se experimenta en determinadas situaciones, ante la idea de poder experimentar un ataque de pánico u otro síntoma embarazoso, como desmayarse,  y que la posibilidad de escapar u obtener ayuda sea difícil. Normalmente se suelen evitar situaciones como usar transportes públicos, alejarse de casa, hacer colas, estar en espacios abiertos e ir a lugares concurridos o sitios cerrados. La consecuencia de esto es que la vida de la persona se ve muy limitada.


 

Es un miedo exagerado a objetos o situaciones específicas, percibido normalmente como irracional, pero a pesar de ello genera un nivel elevado de malestar y tiende a ser evitado. Fobias comunes suelen ser a animales (insectos, arañas, perros) a las alturas, aviones, ascensores, sitios cerrados. sangre-inyecciones.


 

Aparece cuando la persona experimenta miedo/ansiedad en situaciones que implican contacto social, por ejemplo al mantener una conversación, al sentirse observado comiendo o bebiendo, o al tener que hablar delante de otras personas. El temor fundamental es el miedo a la evaluación negativa por parte de los demás; miedo a actuar de manera vergonzosa, a mostrar síntomas de ansiedad  que sean valorados negativamente, y que a consecuencia de todo ello sea rechazado. Pensamientos frecuentes suelen ser: “¿Y si hago el ridículo?” “Los demás se darán cuenta de mi ansiedad “¿Qué pensaran de mí?” “Me voy a poner nervioso” “No voy a estar a la altura”. 

En algunos contextos es habitual que muchas personas podamos experimentar algunos síntomas de ansiedad (hablar en público, o en situaciones novedosas con personas desconocidas) Hablamos de ansiedad social cuando el malestar es  tan significativo que interfiere y limita la vida del individuo. Las situaciones tienden a evitarse, o se afrontan con mucha ansiedad. 


 

Sucede en aquellas personas que han vivido un acontecimiento altamente amenazante para sus vidas o para las de personas cercanas y que ha supuesto una vivencia traumática. Puede ser una violación, atraco, accidente, secuestro. Las personas suelen experimentar recuerdos angustiosos, pesadillas, reviven  mentalmente escenas del suceso y sienten reacciones físicas ante estímulos relacionados con las situaciones vividas. Tienden a evitar cualquier situación que puedan asociar al evento traumático, (tanto recuerdos, pensamientos,  personas o lugares). Pueden desarrollar creencias negativas tanto de sí mismos como del mundo,  experimentar emociones como miedo, culpa, enfado y perder el interés por actividades placenteras.

La terapia EMDR ha demostrado una gran eficacia a para tratar estos síntomas. Consigue reprocesar esas experiencias traumáticas de modo que dejen de tener impacto emocional en el presente.


 

Entendemos por estrés una serie de reacciones que se activan en nuestro organismo cuando percibimos que las demandas son mayores que nuestros recursos. Un situación será estresante o no para nosotros en función de la percepción que tengamos de ella. Si pensamos que no tenemos los suficientes recursos, que nos supera, o que no somos lo suficientemente capaces para afrontar una situación,  probablemente experimentemos una respuesta de estrés. Los síntomas más comunes cuando son sentimos estresados suelen ser ansiedad, irritabilidad, inestabilidad emocional e insomnio.

Dependiendo de la percepción que tengamos, experimentaremos estrés positivo o negativo. El estrés positivo es aquel que nos activa, nos ayuda a afrontar de manera adaptativa la situación, concentrándonos en la tarea y nos permite resolverla sintiéndonos eficaces. En cambio, hablamos de estrés negativo si percibimos que no tenemos estrategias o recursos para afrontar las demandas, empezaremos a sentirnos ansiosos, tensos, poco resolutivos y minará nuestra autoestima.

Saber gestionar el estrés, manteniéndolo en unos niveles moderados, se convierte en una necesidad vital, teniendo en cuenta que cada vez nos encontramos con mayores exigencias en la sociedad actual.


 

La depresión constituye una de las mayores problemáticas por las que se solicita tratamiento psicológico en la actualidad. Cuando hablamos de depresión nos estamos refiriendo en términos generales a un estado de ánimo que se caracteriza por la presencia de tristeza, desesperanza, sentimientos de vacío, culpabilidad, inutilidad, apatía, pérdida de interés por actividades placenteras, falta de energía, dificultad para concentrarse y para tomar decisiones. Pensamientos comunes en personas que se encuentran deprimidas suelen ser: “No valgo” “Todo irá mal” “Nada merece la pena”.

El cambio en el pensar, en el sentir, en el actuar, es la característica clave en la depresión.

En algunos casos, las personas recuerdan haberse sentido así gran parte de su vida, pero en otros es a raíz de tener lugar una serie de circunstancias vitales. Pérdidas significativas, cambios repentinos, separación, enfermedad… son muchos los sucesos que pueden desencadenar una depresión. Dependiendo de nuestra historia, del entorno afectivo, de nuestros recursos, del momento en que se producen esos eventos y de su reiteración en el tiempo, podremos deprimirnos o no.


El duelo es la respuesta que experimentamos ante una pérdida o separación. Forma parte de nuestra experiencia como ser humano, y es una respuesta normal y natural. Aunque es personal y cada persona lo experimenta de manera única, suelen producir reacciones comunes. Algunas de estas pueden ser:

– sentimientos de tristeza, enfado, culpa, ansiedad, soledad, impotencia.

– sensaciones de físicas como opresión en el pecho, garganta, falta de energía, falta de aire.

– Pensamientos de incredulidad, confusión, preocupación, sentido de presencia.

– Problemas de insomnio, alteraciones en el apetito, aislamiento social, suspiros, llanto, visitar lugares o llevar consigo objetos que recuerdan al fallecido.

En cambio, si lo que experimentamos está más relacionado con una desesperación extrema, intensos sentimientos de culpa, tristeza, ira descontrolada, dificultades continuadas en el funcionamiento cotidiano, inquietud o depresión prolongada y abuso de sustancias estaría relacionado con una evolución disfuncional, y sería importante solicitar ayuda psicológica para evitar que el duelo se pueda cronificar.


 

Unas de las experiencias más dolorosas para el ser humano la constituye la separación o el divorcio. Implica cambios en la estructura familiar que afectan a todos los miembros y que puede generar heridas emocionales que en ocasiones son difíciles de sanar. Es inevitable experimentar dolor y sufrimiento, ya que además de la pérdida afectiva, tienen lugar distintas cuestiones (disputas por la custodia de los hijos, bienes de la pareja) que convierten esta situación en un proceso complejo.

Suele ser común experimentar desde síntomas depresivos, ansiedad, ira, culpa, indecisión y dificultades en la toma de decisiones.

El acompañamiento psicológico ayuda a mitigar esta situación traumática, favoreciendo una resolución sana y que de este modo, se pueda convertir una vez llegado al final del proceso en una oportunidad para el crecimiento y aprendizaje.


 

La dependencia emocional está relacionada en la forma en la que hemos aprendido a relacionarnos. Este aprendizaje lo adquirimos en las primeras relaciones con nuestros cuidadores  y tienen un gran impacto en las futuras relaciones interpersonales.

El desarrollo sano no es ir de la dependencia a la independencia, sino aprender a mantener relaciones sanas con los otros a través de la reciprocidad. Para ellos es importante que se establezca una relación desde el cuidado mutuo, en el que ambas partes dan. La dependencia sana se basa en la autonomía e intimidad. Se trata de que la persona aprenda a gestionar tanto sus emociones y poder estar solo como poder atender las necesidades emocionales del  otro y poder confiar.

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